El movimiento trotskista internacional y las revoluciones de posguerra: un análisis de sus (re) lecturas teóricas y programáticas (1944-63)

Reproducimos aquí un artículo sobre la historia de la crisis del trotskismo en la posguerra (su fragmentación organizativa y teórica / programática), con el que tenemos acuerdo en términos generales. Fue escrito por el historiador Marcio Lauria Monteiro y fue publicado originalmente en Revista Izquierdas n° 36, noviembre 2017 (http://izquierdas.cl/images/html/n36/index36.html).

Resumen: El tema de este artículo es la historia del movimiento trotskista internacional en las primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial (1944-63). A partir del análisis de documentos y artículos publicados a lo largo de este período por sus diferentes sectores, se puede mapear una serie de (re) lecturas (explícitas o no) del marco teórico-analítico original de ese movimiento, realizadas con vistas a comprender mejor las diferentes revoluciones que entonces ocurrían y para delinear programas de intervención para ellas. Tales (re) lecturas generaron intensos conflictos, siendo un elemento importante de su creciente fragmentación. Así, aunque la historia de ese movimiento en la posguerra no se limite a tales (re) lecturas, ellas son fundamentales para comprender de forma más profunda a su actual configuración.

Palabras clave: Historia del marxismo; Cuarta Internacional; Trotskismo; Pablismo; Las revoluciones de posguerra.

La Cuarta Internacional fue fundada en 1938 por León Trotski, luego del abandono de la condición de la fracción externa que la Oposición de Izquierda Internacional mantuvo ante la Comintern hasta 1933 y su opción de tornarse un nuevo partido internacional. Mas, desde su fundación, ella se encontraba bastante frágil, una vez que prácticamente toda la dirección de la antigua Oposición fuera asesinada por los stalinistas a lo largo de la década de 1930, teniendo León Trotski el mismo destino en 1940. Así, sumando un frágil liderazgo a las duras condiciones impuestas por la Segunda Guerra Mundial, la nueva internacional, en la práctica, dejó de existir durante el comienzo de los años 1940, viniendo a ser reorganizada entre los años 1944-48, a partir de la suma de los esfuerzos de una nueva generación de jóvenes militantes europeos con los del liderazgo del Socialist Workers Party (SWP) de los EEUU y otros veteranos.

Sin embargo, la forma como el liderazgo del SWP procedió en esa reorganización de la Cuarta Internacional fue marcada por medidas que tenían por objeto imponer al resto de la organización sus previsiones de que ocurriría una profunda crisis económica mundial y de que se abriría un período revolucionario. Para tal situación, ella condujo a la nueva dirección internacional a aquellos que concordaban con tal posición y, en respuesta a las intensas polémicas que surgieron en torno de ellas, tomó una serie de medidas, entre ellas las expulsiones y la modificación de los estatutos de la organización internacional para instituir el llamado “centralismo de organismo” (la exigencia de que los miembros de los organismos dirigentes se comportasen de forma unitaria ante el resto de la organización) y una serie de maniobras para forzar una mayoría artificial en el 2º Congreso Mundial (1948)[1].

Además de esos conflictos del período 1944-48, la situación se agravó todavía más cuando la expansión soviética en el Este europeo, la ruptura Tito-Stalin y la Guerra de Corea dieron inicio a nuevas y profundas discordancias entre los trotskistas a lo largo de los años 1950-60. Los principales debates giraron entorno de la posibilidad o no de un “giro revolucionario” por parte del stalinismo ante la feroz Guerra Fría; y de la eclosión de revoluciones sin la presencia de un partido socialista revolucionario ante  ellas, con un programa nacional-democrático, con predominio de fuerzas sociales localizadas en el sector agrario de la economía, sin la presencia de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets) y que han tenido lugar particularmente en los países periféricos.

El destino del trotskismo a lo largo de este período de intensos conflictos de clases que siguió hasta el final de la Segunda Guerra fue dramático, una vez que el movimiento permaneció incapaz de romper su aislamiento y popularizarse como referencia política. Al contrario, los trotskistas pasaron por un creciente proceso de fragmentación, en gran parte influenciado por las agudas polémicas internas. La fragmentación tuvo naturaleza organizativa y política, dando origen a una serie de “troncos históricos”, a partir de los cuales las vertientes pasaron a diferenciarse, siendo muy difícil definir qué es el trotskismo en los días de hoy.

El objetivo de este artículo es lanzar alguna luz sobre la larga crisis del movimiento trotskista internacional entre 1944 y 1963, presentando un mapeo de algunas de las transformaciones de su marco teórico-programático ante los complejos desafíos políticos de la posguerra – particularmente a partir de la expansión soviética en el Este Europeo, de las Revoluciones Yugoslava, China, Cubana y del proceso de independencia argelino – transformaciones que involucraron una creciente diferenciación de análisis y posicionamientos, con base en (re) lecturas divergentes acerca del tema.

Las narrativas predominantes y la cuestión del “revisionismo pablista”

Son raros los trabajos que abordan la historia del movimiento trotskista desde su ámbito internacional. Los pocos que lo hacen, escriben, en gran parte, tentativas de “historias oficiales” de determinado “tronco histórico”, buscando legitimar su existencia frente a los demás. Frecuentemente, tales narrativas están repletas de omisiones o distorsiones, además casi no presentan fuentes suficientes como para basarse. No obstante, son ellas las que son utilizadas con mayor frecuencia como referencia por investigadores que se dedican a escribir la historia de los varios grupos nacionales que componían y/o componen el movimiento trotskista – lo que ha sido el formato más usual de las investigaciones académicas sobre el asunto.

Independientemente de las diferencias entre esas narrativas, para explicar el comienzo de la crisis y la fragmentación del trotskismo, suele predominar el período 1951-53 y las divergencias surgidas ante las revoluciones que ocurrieron en la secuencia de la Segunda Guerra Mundial, con destaque para la querella en torno al llamado “pablismo” (o “revisionismo pablista”). Es a partir de la ruptura ocurrida en 1953 que usualmente son estructuradas las dos explicaciones y líneas narrativas principales, que disputan la memoria e historia del trotskismo.

Michel Pablo, pseudónimo de Michalis Raptis, fue un dirigente encumbrado en la dirección internacional por intermedio del SWP, tornándose el Secretario General de la Cuarta Internacional en 1946. El período 1951-53 en el interior de la organización fue marcado por intensos conflictos en torno a las posiciones que este dirigente presentó en el contexto de la Guerra Fría, bien como los métodos utilizados por él para consolidarlos en el interior de la Cuarta Internacional, patentados por maniobras burocráticas basadas en “nuevos estatutos”. Estos métodos incluyeron, en particular, la imposición del “centralismo de organismo” a las minorías de los órganos dirigentes, la interferencia de la dirección internacional en la composición de los liderazgos nacionales, la suspensión de opositores, el fomento de tendencias desleales, etc.

Conforme se detallará más adelante, suponiendo que una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría las direcciones comunistas orientadas por la URSS a efectuar un “giro revolucionario”, Pablo defendió, teniendo como base una división entre “mundo capitalista” y “mundo socialista”, la transformación del trotskismo en un “ala izquierda” del stalinismo. Porque su orientación concluía por la disolución de los trotskistas en el interior de los Partidos Comunistas, acompañada del “enmascaramiento” de su programa político (movimiento que quedaría conocido por “entrismo sui generis”). De esa forma, Pablo y sus aliados más próximos adoptaron posiciones que se alejaban de algunos de los presupuestos más básicos de la razón de ser de la Cuarta Internacional, en particular la política de diferenciación con relación a organizaciones caracterizadas como reformistas o stalinistas, como forma de llevar adelante revoluciones socialistas victoriosas; y la idea de que la regeneración democrática de la URSS sería resultado de una “revolución política” esencialmente anti-stalinista y pro-socialista[2].

Las divergencias con esas ideas y con los métodos utilizados por Pablo para imponerlas culminaron en 1950, en la expulsión de dirigentes trotskistas ingleses (Ted Grant, Jock Haston y Bill Hunter), y en 1952, en la ruptura de la mayoría de la sección francesa (Parti Communiste Internationaliste, PCI) con relación a la Cuarta Internacional[3]. En el período posterior a la realización del 3º Congreso Mundial de la Cuarta Internacional (1951), en el cual las posiciones “pablistas” fueron formalmente aprobadas, el choque entre la mayoría (“pablistas”) y la minoría (“anti-pablistas”) creció al punto de haber culminado, a fines del año 1953, en nuevas rupturas. Este proceso dio origen a una fracción pública nombrada por Comité Internacional (CI) y que no reconocía la autoridad de Pablo y del Secretariado Internacional (SI, entonces el órgano dirigente máximo de la Cuarta Internacional).

Lanzado por el SWP de los EEUU, el CI contó con los expurgados franceses (PCI La Verité) y la mayoría del grupo inglés (denominada The Club, nombre informal del grupo que actuaba en el interior del Labour Party de forma no pública); de la mayoría de la sección canadiense; de las secciones china y suiza; y, posteriormente, de grupos de Argentina, Chile y Perú agrupados en el Comité Latino Americano del Trotskismo Ortodoxo (más tarde rebautizado “Secretariado”, SLATO). También se aproximó al CI, mas sin adherir formalmente, la escisión de la sección boliviana liderada por Guillermo Lora (POR Masas).[4]

No habiendo tenido éxito inmediato en su intención de posponer el 4º Congreso Mundial (previsto para 1954) y remover a Pablo del cargo de Secretario General, para que las discusiones pudieran darse democráticamente, el CI se mantuvo formalmente en la condición de fracción pública hasta 1963, cuando parte de sus miembros retornaron a la Cuarta Internacional, originando lo que pasó a ser conocido como Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional (SU). Frente al surgimiento del SU, los demás grupos de la fracción, que ya completaban diez años de existencia, respondieron proclamando al CI como embrión de un nuevo “partido internacional”, que vendría a sustituir la Cuarta Internacional, considerada “degenerada” por ellos.

De ese proceso de disidencia entre los miembros del CI, surgieron dos narrativas históricas. Las líneas narrativas asociadas al sector recién retornado al SI de Pablo (rebautizado de SU) afirman que la realidad de la posguerra habría presentado formas “no puras” de revoluciones, que diferían de aquellas defendidas originalmente en la Cuarta Internacional y en la elaboración original sobre la transición al socialismo contenida en la teoría de la revolución permanente de Trotski. Mientras el sector mayoritario de la dirección internacional habría hecho las adaptaciones programáticas necesarias a esos fenómenos, el sector minoritario habría actuado de forma dogmática y sectaria, al negarse a lidiar con aquello que escapaba a sus fórmulas pre-concebidas. El retorno de parte de los sectores del CI, en 1963 (formando el SU) era visto como un proceso de “corrección de la política”, en particular después de las experiencias de las revoluciones argelina (1954-62) y cubana (1959-60), fenómenos muy importantes para esta reaproximación.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en las narrativas escritas por Pierre Frank y Daniel Bansaïd, ambos importantes dirigentes del SI / SU, cuyas obras consisten en una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector mayoritario de esas organizaciones. A pesar de sus pequeñas diferencias sobre cuáles fueron los éxitos y los errores en relación con las posiciones y los análisis adoptados durante los años 1950-60 – diferencias que fluyen del giro del SU en los años 1980 (su adhesión explícita a una estrategia de transición socialista a través de reformas) – siguen siendo verdaderas “historias oficiales”, difundidas por diferentes grupos vinculados a ese sector del movimiento trotskista internacional.[5]

Ya las líneas narrativas asociadas a los grupos del CI que no optaron por participar de la formación del SU, ven la “corrección política” realizada por el sector mayoritario de la dirección internacional como un “revisionismo” nocivo, que diluía la importancia del partido marxista como el elemento consciente necesario al triunfo de la revolución socialista, y que la llevó a capitulaciones oportunistas. Ese revisionismo frecuentemente llamado “pablismo” y que habría sido impuesto a la Cuarta Internacional en forma de maniobras burocráticas y de interferencia autoritaria en la vida interna de sus secciones nacionales – habiendo forzando la ruptura de los críticos, como una forma de poder continuar trabando su lucha política oposicionista. Así, la salida de parte de los grupos del CI para formar el SU en 1963 es vista por algunos como una “capitulación” tardía al “revisionismo pablista”.

Esa línea se expresa, por ejemplo, en la narrativa escrita por David North, que constituye una evaluación de la historia del movimiento trotskista desde el punto de vista del sector del CI que originalmente estaba asociado con su grupo inglés, lo cual se convirtió en el dominante después de 1963, permaneciendo así hasta mediados de los años 1980. También se expresa parcialmente en narrativas asociadas a grupos que pasaron por las filas del CI en algún momento, como lo escrito por Jean-Jacques Marie, que es el principal historiador de la tradición “lambertista”, y los escritos de Mercedes Petit y Alicia Sagra, ambas asociadas a la tradición “morenista”.[6]

Cabe señalar que hay otras líneas narrativas de menor visibilidad, como la asociada con la tradición de Tony Cliff (pseudónimo de Yagel Gluckstein) y la revista International Socialism. Según su explicación, el origen de la crisis del movimiento trotskista está enraizado en la adhesión “dogmática” a ciertos pronósticos hechos por Trotski (particularmente la inminencia de una revolución mundial) y, sobre todo, a su caracterización de la URSS como un “Estado obrero” (burocráticamente degenerado) – cuando en realidad, de acuerdo con Cliff, se trataba de una formación social de tipo “capitalismo de Estado”.

La aplicación de esa categoría, de “Estado obrero”, a las formaciones sociales originadas por las revoluciones de la posguerra condujo, según Cliff, a una capitulación al stalinismo y a un abandono de la noción marxiana de la revolución social como “auto-emancipación del proletariado”. Por lo tanto el SS / SU, como el CI, según esa línea narrativa, se perdieron analítica y programáticamente debido a su adhesión al trotskismo de antes de la guerra. De esta manera, la tradición “cliffista” frecuentemente se presenta más como un “retorno” al marxismo que como trotskista. Esta línea narrativa se expresa, por ejemplo, en los escritos del propio Cliff y en el del actual líder del presente grupo principal “cliffista”, el SWP inglés (que no debe confundirse con el SWP estadounidense), Alex Callinicos.[7]

Por más que todas esas líneas narrativas contengan elementos de verdad sobre las disputas que llevaron a la creciente fragmentación del movimiento trotskista, ellas son muy marcadas por omisiones, distorsiones, explicaciones superficiales y presentan poca documentación. Lo que correctamente todas tienen en común, es el reconocimiento de la centralidad de las revoluciones de posguerra para la crisis del movimiento trotskista, una vez que sus peculiaridades escapaban a la “regla” prevista en las elaboraciones originales. Sin embargo, como el SU se presentaba como la continuación directa de la Cuarta Internacional, la crisis del movimiento trotskista era vista por sus miembros como meras rupturas aisladas de grupos “sectarios”. Ya por parte de sus críticos, que buscaban afirmar que el sector mayoritario de ese movimiento “se perdiera”, bien como diferenciarse de las demás divisiones, hay muchos artículos y folletos con un foco casi exclusivo en la cuestión del “revisionismo pablista”.

A pesar de haber sido centrales en las disputas que provocaron la escisión de 1953, las ideas más particulares de Pablo tuvieron impacto temporal limitado. Ya a mediados del año 1954, con el enfriamiento del clima de intensa polarización internacional entre URSS y EEUU y, consecuentemente, de los discursos radicales asumidos por algunos PCs al rededor del mundo en los años anteriores, él se vio en dificultades para sustentar sus previsiones de una inminente Tercera Guerra Mundial y de un “giro revolucionario” por parte de las direcciones stalinistas.[8] Además de eso, es importante destacar que los análisis y posicionamientos delineados por muchos “anti-pablistas” tenían elementos fundamentales en común con las de aquellos que ellos mismos denunciaban como “revisionistas”.

Teniendo tales hechos en vista, es problemático que se reduzca la crisis del trotskismo al “revisionismo pablista” y a los embates del período 1951-53 – como si Pablo y sus aliados más próximos, bajo el impacto de los complejos desafíos políticos de la posguerra, hubiesen sido los únicos en realizar una profunda relectura del marco teórico-programático original del movimiento trotskista o, por otro lado, como si sus adversarios fuesen meramente “sectarios”, que no habían entendido tal coyuntura. El cuadro verdadero es mucho más complejo.

El estudio cuidadoso de la historia del movimiento trotskista en la posguerra demuestra que una profunda confusión teórica y analítica se propagó entre sus miembros, sorprendidos ante la vitalidad de las direcciones comunistas alineadas con la URSS ante las masas europeas al fin de la guerra, por la expansión soviética en el Este Europeo y por la eclosión de procesos revolucionarios que lograron expropiar política y económicamente a las clases dominantes en algunos países, estableciendo nuevas formaciones sociales no capitalistas, sin que tuviesen por delante, partidos que los trotskistas consideraban socialistas revolucionarios. Así, para comprender de forma más profunda la crisis de ese movimiento, es esencial que se vaya más allá del conflicto en torno a las ideas más particulares de Pablo. Es necesario detectar los elementos que componen el “núcleo” de tales ideas, habiéndolas originado y a ellas sobrevivido a lo largo de las décadas siguientes, cuando las previsiones más inmediatas de Pablo se mostraron equivocadas. Sólo así se puede tener noción de las (re) lecturas operadas por él y por otros en relación a determinados aspectos centrales en el marco teórico-programático original del movimiento trotskista, como una tentativa de responder a esos nuevos y complejos fenómenos de la lucha de clases. De la misma forma, es esencial que se vaya más allá de la comprensión de los opositores de Pablo como simples negadores de sus ideas más particulares y se analice de manera más detenida la forma de cómo ellos mismos comprendían el contenido de este marco – y cómo es que algunos de ellos también operaron considerables (re) lecturas. Sin que se proceda de esta manera, es imposible que se comprenda como surgieron tantos “trotskismos” tan diferentes unos con otros a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

A partir del análisis de diversas fuentes, comprendidas en el período de 1944-63, la conclusión a la que se llegó es que en realidad ambos lados operaron relecturas de aspectos centrales de determinado marco original, en la tentativa de comprender y posicionarse ante revoluciones que entonces ocurrían, dotadas de importantes peculiaridades frente a aquello que se esperaba a partir de la teoría de la revolución permanente. Y, en muchos aspectos, compartieron determinadas relecturas, todavía llegando a diferentes conclusiones prácticas. Así, para comprender de forma más profunda cómo el trotskismo llegó a la actual fragmentación y considerable diferenciación, se hace necesario mapear sus análisis y debates sobre las revoluciones de la posguerra.

Tales análisis y debates lidiaban principalmente con la caracterización de la fuerza política que estuvo al frente de las revoluciones victoriosas del período, esto es, si el stalinismo era contrarrevolucionario “de pies a cabeza”; si poseía una naturaleza “dual” y “contradictoria”; si se había tornado “objetivamente revolucionario” bajo las condiciones de la Guerra Fría. Lidiaban también con el sentido de la teoría de la revolución permanente – si un postulado sobre la imposibilidad de revoluciones socialistas en las cuales los trotskistas no fuesen el sujeto político y el proletariado el sujeto social; si era una teoría que habría sido plenamente “confirmada” por los eventos de la posguerra; si era una teoría que necesitaría ser “actualizada” o “corregida” a la luz de esos eventos. Y lidiaban todavía con la transición al socialismo – si era posible (y/o necesario) un régimen “intermediario”, de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado.

Por más que esto ocurriera inmediatamente después a la posguerra, importantes polémicas habían sido llevadas a cabo por los trotskistas, los debates en torno de esos tres puntos, ocurridos a lo largo de los años 1948-63, que moldearon de forma más fundamental algunos de sus principales “troncos históricos” actualmente existentes. A lo largo de los años 1960-70 también fueron realizadas importantes discusiones (por ejemplo, acerca de la viabilidad de la “vía armada”), mas, en buena parte, el núcleo de esos “troncos” ya estaba determinado por sus análisis delineados a lo largo de los años anteriores. Y en gran parte, se puede afirmar lo mismo sobre la forma como ellos analizaron y se posicionaron ante las contrarrevoluciones (restauraciones capitalistas) ocurridas en el “bloque soviético” al final del siglo.

Sin embargo, cabe resaltar que también es imposible alcanzar una comprensión profunda acerca de la crisis del movimiento trotskista internacional sin una dimensión social de su historia. Así, es necesario reconocer que el presente trabajo no consigue explicar por entera la crisis del movimiento trotskista, siendo antes una contribución para tal tarea, que sigue en abierto. Al mapeo y a la sistematización de las diferentes (re) lecturas del marco teórico-programático original de la Cuarta Internacional, aquí presentados, que fueron hechas bajo el impacto de las revoluciones de la posguerra, se hace necesario sumar también un análisis detallado de las diferentes presiones que actuaban sobre (al menos) sus principales secciones nacionales de la posguerra – la norte-americana, la francesa y la inglesa – en el sentido de explicar mejor lo que originó esas diferentes (re) lecturas. Pero esa tarea necesita constituirse como una agenda para la articulación entre diferentes investigadores(as), no como un esfuerzo individual.

El marco teórico-programático original y las peculiaridades de las revoluciones de la posguerra

 

En la elaboración de su teoría de la revolución permanente, uno de los principales pilares teóricos de la Cuarta Internacional, Trotski concluía que era imposible la realización de una revolución democrático-burguesa en la época imperialista, debiendo ser realizadas las tareas nacional-democráticas a través de una ligación orgánica con las socialistas, teniendo al proletariado como sujeto social de la revolución y al partido marxista como sujeto político. Esa conclusión se derivaba de la comprensión de la economía capitalista constituyendo una totalidad y del carácter desigual y acordado del desarrollo capitalista de ahí derivado. Pues las formaciones sociales de industrialización “tardía” o “hipertardía” fueron penetradas y moldeadas por los capitales imperialistas previamente existentes, de forma que sus burguesías nativas nacieron en situación de dependencia para con estos, bien como para con las viejas elites agrarias locales, con las cuales se mezclaron.

Por lo tanto, esas burguesías no sólo no estarían interesadas en la implementación del programa nacional-democrático de las revoluciones burguesas “clásicas” (entendiéndose estas como, reforma agraria, independencia nacional y democracia), también serían estructuralmente incapaces de realizarlo. Entonces, le correspondería al proletariado realizar tales tareas – una vez que el campesinado fuera una clase heterogénea para ser capaz de una acción política independiente. Mas, al hacerlo, se contrapondría directamente con los intereses de esa burguesía y de los capitales imperialistas, necesitando expropiarlos para efectivamente implementar tal programa. De esa forma, las demandas nacional-democráticas acabarían mezclándose con las socialistas en un proceso de transformación permanente – que inclusive precisaría continuar interna e internacionalmente después de la revolución, como parte de la transición rumbo al socialismo. Mas el proletariado, para ser victorioso en su acuerdo, necesitaría del firme liderazgo de un partido marxista, orgánicamente vinculado a tal clase.[9]

Por más que Trotski haya contemplado la posibilidad de que “bajo la influencia de una combinación de circunstancias excepcionales (guerra, derrota, quiebra financiera, ofensiva revolucionaria de las masas etc.), los partidos pequeño-burgueses, incluidos ahí los stalinistas, pueden ir más lejos de lo que querían en el camino de la ruptura con la burguesía”, continuó defendiendo la centralidad de la necesidad del protagonismo proletario y del partido marxista en la revolución – inclusive ante esos posibles casos excepcionales, que no deberían ser tomados como modelo. En sus palabras, “Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”.[10]

Trotski abordó sin embargo, otra posibilidad excepcional de transformación social, en que el papel del sujeto político previsto en su teoría también sería relativizado en la práctica (pero no su necesidad). En el contexto de la división de Polonia entre Alemania y la URSS (1940), él levantó la posibilidad de una expansión “burocrático-militar” de la formación social soviética en sus regiones limítrofes, que culminó con la expropiación de la burguesía en esos países a partir de procesos tutelados, para que “el régimen de los territorios ocupados [estuviese] de acuerdo con el régimen de la URSS”. Pero advirtió que el criterio político central de la Cuarta Internacional para posicionarse ante tal posibilidad no debería ser la transformación de las relaciones de propiedad, mas sí “la mudanza en la consciencia y organización del proletariado mundial”.[11]

La mayoría de los procesos revolucionarios que tuvieron lugar en la posguerra ocurrieron en países de la periferia del sistema capitalista, en los cuales el proletariado urbano era poco numeroso – reflexionando una industrialización todavía incipiente – y en los cuales una masa asalariada rural, muchas veces mezclada a las camadas pobres de los campesinos, constituía todavía la mayor parte de la población. Todos comenzaron como procesos cuyas pautas eran nacional-democráticas, y no socialistas. Y, a pesar de sus particularidades, todos poseían una serie de peculiaridades en común que se contrastaban con lo previsto por la teoría de la revolución permanente, aunque la hayan confirmado en algunos de sus aspectos más generales.

Ellos tuvieron, como sujeto social principal, la fuerza de trabajo rural. A penas en algunos casos minoritarios el derrocamiento del poder burgués fue acompañado de insurrecciones por parte del proletariado urbano – y, aun en esos casos, se desempeñó un papel secundario en el proceso general. Esa fuerza rural era compuesta de forma heterogénea por el proletariado rural, por pequeños propietarios productores y por una abundante masa de productores arrendatarios y de ex-campesinos recién-expropiados y socialmente desarraigados por el avance de las relaciones capitalistas en el campo.[12]

Y tuvieron en cuanto sujetos políticos, a organizaciones que no defendían en sus estrategias algo además del programa nacional-democrático, por lo cual el referido sujeto social se movilizó. Tales sujetos políticos fueron Partidos Comunistas, cuya lógica etapista los hacía atribuir un carácter “democrático-burgués” a las revoluciones que deberían ocurrir en la periferia capitalista, no poniendo al socialismo en el orden del día, o grupos que ni siquiera proclamaban adhesión formal a ideas socialistas y a la centralidad del proletariado como sujeto social revolucionario, teniendo carácter nacionalista y fuerte peso de la intelligentsia urbana de corte pequeño-burgués en sus filas y liderazgos (como en el caso de la Revolución Cubana).

Además, en la mayoría de tales procesos no hubo institución de órganos de poder político / autogobierno de las clases dominadas (soviets), siendo que, en los casos en que esos surgieron en algún momento, fueron violentamente suprimidos por el liderazgo del proceso (como en Vietnam). Hay algunos casos (como en Cuba o Yugoslavia) donde fueron creados (de arriba para abajo) órganos que se han presentado como poder político de las masas, pero que no tenían poder real de (o sobre el) gobierno.

Al final, aquellos procesos que no fueron aplastados en su nacimiento, formaron, en el momento inmediatamente posterior a la destrucción del Estado burgués, gobiernos de coalición con representantes de la burguesía nativa y mantuvieron jurídicamente la propiedad privada. Pero, no obstante, aquellos que de hecho realizaron (algunas) de las tareas nacional-democráticas que se proponían – una minoría de los casos – sólo lo pudieron hacer a partir de la ruptura de esa coalición de colaboración de clases y de la expropiación de los capitales nativos e imperialistas – y aquí está la referida confirmación de algunos de los aspectos generales de la teoría de Trotski.

Al liquidar al capitalismo, dieron lugar a formaciones sociales que, en sus aspectos estructurales más generales, bien como en sus regímenes políticos, eran muy similares a la URSS. Y fue solamente en ese segundo momento del proceso revolucionario que los respectivos liderazgos adoptaron discursos socialistas, y no más nacional-democráticos o nacionalistas.

Tales casos excepcionales tuvieron lugar en Yugoslavia (1944-48), Albania (1944-45, ignorada por los trotskistas de la época), China (1949-53), Corea del Norte (1946-49), Vietnam (1950-51 y 1975), Cuba (1959-60) y Laos (1975). A estos procesos, debe agregarse la expansión de la URSS en Este Europeo al final de la Segunda Guerra (1944-48), que transformó las relaciones sociales de la región de forma burocrático-militar, a través de la ocupación del Ejército Rojo / Soviético.[13]

Las secciones a seguir presentan un mapeo de cómo diferentes grupos del movimiento trotskista internacional reaccionaron a parte de esos eventos (aquellos comprendidos entre 1944-63) y cuáles fueron las (re) lecturas operadas por ellos para analizar, explicar y posicionarse ante los mismos.[14]

 

El sector mayoritario: transición gradual al socialismo y autorreforma del stalinismo

 

De parte del sector mayoritario del movimiento trotskista – el SI y SU, liderados a lo largo del período aquí analizado por Pablo, Mandel, Pierre Frank y Livio Maitan, no conformando siempre un bloque unido[15] – los principales análisis, explicaciones y posicionamientos para tales eventos giraron en torno a la introducción en el marco teórico-programático original de las nociones de la posibilidad de una transición gradual entre capitalismo y dictadura del proletariado y de que tal transición podría ser operada por sujetos políticos no marxistas (trotskistas).

Inicialmente (a lo largo de 1944-48), movida por la caracterización del stalinismo como intrínsecamente contrarrevolucionario, la mayoría de las direcciones de la Cuarta Internacional negaron que el Este Europeo hubiera dejado de ser capitalista, habiendo afirmado las tesis del 2º Congreso Mundial (1948), que tal región tenía una “estructura fundamentalmente capitalista”, siendo sus Estados burgueses y dotados de regímenes bonapartistas “en forma extrema”. Pero, desde la Conferencia Internacional de 1946 se encaraba que tal región pasaba por una transformación gradual de las relaciones sociales, las cuales (se decía) estaban siendo realizadas “burocráticamente a partir del tope, sin llamar a la conquista del poder por el proletariado”, a través de una integración “fría” de aquellos países a la Unión Soviética. A ese proceso se le nombró asimilación estructural.[16]

Esa tesis, de una alteración gradual que todavía no se había completado, sólo fue alterada a mediados del año 1950, a partir del entusiasmo que tomaron sectores de la Cuarta Internacional ante la “ruptura Tito-Stalin” (junio de 1948), expreso en el apoyo acrítico a Tito y su régimen[17]. Pues la mayoría del Comité Ejecutivo Internacional (CEI – órgano deliberativo del cual el SI era el brazo operativo), en especial Pablo, evaluó que tal ruptura significaba que el PC yugoslavo había dejado de ser un partido stalinista y se había tornado “centrista de izquierda”, evolucionando rumbo a tornarse revolucionario.

Y después de intensa disputa en el interior del liderazgo, principalmente entre Pablo (que se tornó favorable a la mudanza de la caracterización) y Ernest Mandel (otro militante conducido a la dirección internacional por el SWP, que mantenía su evaluación sobre el supuesto proceso incompleto de “asimilación estructural”), se aprobó en el 8º Plenario del CEI, de abril de 1950, la caracterización de Yugoslavia como un Estado obrero y una dictadura del proletariado. Siguiendo a esa mudanza, se aprobó en el 9º Plenario, de noviembre de 1950, la resolución que reconocía la destrucción del capitalismo en el Este Europeo como un todo y clasificando las demás formaciones sociales de la región como Estados obreros burocráticamente deformados.[18]

Mas la explicación final para la transformación del este europeo incorporó la tesis gradualista de la “asimilación estructural”, encarando que esta había ocurrido a lo largo del período de 1944-48. De forma semejante, se encaró que hubo un período intermediario entre capitalismo y dictadura del proletariado en Yugoslavia, entre 1944 y la ruptura con Moscú y con los representantes burgueses del gobierno provisorio, en 1948.[19]

Llevando en cuenta también la experiencia de la Revolución China, la mayoría del liderazgo internacional pasó a encarar que un PC que rompe con Moscú y / o va más allá de su programa nacional-reformador deja de ser contrarrevolucionario, tornándose centrista, y rumbo a tornarse revolucionario, debiendo ser apoyado críticamente por los trotskistas[20]. Posteriormente, esa lógica de “apoyo crítico” fue extendida a grupos nacional-reformadores pequeños-burgueses con influencias de masas, como en los casos argelino y cubano. Y, a pesar del MNR boliviano (Movimiento Nacionalista Revolucionario), que asumió ser el poder a partir de la revolución de 1952, una formación claramente burguesa, aunque con un grupo con fuerte influencia sindical, fue así caracterizado por el liderazgo internacional para justificar el apoyo a su gobierno de la sección local.

Para sustentar analíticamente esas posiciones, Pablo, Mandel y el sector mayoritario del liderazgo internacional realizaron una relectura de la expresión “Gobierno Obrero y Campesino” para explicar los gobiernos de coalición con elementos burgueses formados en un primer momento de esos procesos revolucionarios. Así, ella fue utilizada para designar un “doble poder” al interior del Estado y para apuntar como tarea para los trotskistas el “apoyo crítico” a tales gobiernos, con la perspectiva de “empujarlos” a la destrucción del capitalismo y a la formación de Estados obreros[21]. O sea, ellos transformaron lo que antes era un slogan de agitación (tradicionalmente utilizado en el léxico bolchevique y trotskista como un sinónimo para dictadura del proletariado[22]) en un concepto de régimen de transición entre capitalismo y dictadura del proletariado, que podría avanzar en la expropiación de la burguesía o retirarse para la consolidación del poder de esta.

Además de eso, lo utilizaron como base para conferir apoyo político a regímenes diversos. En el referido caso de la Revolución Boliviana, el Partido Obrero Revolucionario puso su influencia dentro de la Central Obrera Boliviana a servicio del “ala izquierda” del gobierno del MNR, llevando a resultados trágicos)[23]. En la guerra de la independencia de Argelia (1954-62), se apoyó la FLN (Front de Libération Nationale) y su gobierno[24].

Además de eso, en relación a los regímenes criados por los procesos yugoslavos y chinos, tal sector negó que hubiese en ellos una ausencia cualitativa de democracia, concluyendo que poseían solamente “deformaciones burocráticas”, que podrían ser reformadas a partir de presiones de izquierda sobre sus liderazgos – donde no haya defensa de una revolución política. De esa forma, descartaron la necesidad de construcción de un partido trotskista independiente, apuntando, a lo más, la perspectiva de formación de un “ala izquierda” al interior del partido al frente del régimen.[25] La misma lógica, basada sobre la posibilidad de una “autorreforma” del stalinismo, fue después aplicada al caso cubano (1959)[26].

Por fin, a pesar de haber reconocido la preponderancia de la fuerza de trabajo rural en esos tres procesos (definida de forma simplista como “campesina”), tal grupo mayoritario los consideró pura y simplemente como revoluciones proletarias, las cuales habrían confirmado plenamente la teoría de la revolución permanente, indicando no haber diferencia cualitativa entre los resultados deseados por los trotskistas y aquellos concretamente realizados. Así, dichos procesos fueron tomados como modelos para una vía más fácil al socialismo – a despecho de su excepcionalidad numérica ante varias otras situaciones explosivas que ocurrieron en el mismo período y de la ausencia de democracia proletaria y de orientación internacionalista de los regímenes criados.

Cabe destacar que, durante cierto tiempo (1951-54), predominó entre la mayoría del liderazgo internacional el análisis más particular desarrollada por Pablo, según la cual una inminente Tercera Guerra Mundial forzaría al stalinismo a operar un “giro revolucionario” mundo afuera, como forma de asegurar la sobrevivencia de la burocracia soviética. Además, esta supuestamente sería disuelta gradualmente luego de la revolución mundial, como fruto directo del desarrollo de las fuerzas productivas. Luego, Pablo derivó la perspectiva de que el papel del trotskismo sería el de ser un “ala izquierda” de ese stalinismo tornado “objetivamente revolucionario”, inclusive adentrando los PCs a través del ocultamiento de partes de su programa y de su propia identidad trotskista (el “entrismo sui generis”, aplicado con resultados desastrosos en lugares como China).[27]

A pesar de que esas ideas más particulares de Pablo, comúnmente designadas por sus críticos del “revisionismo pablista”, hayan tenido vida corta (debido a la detención de mediados de los años 1950), ellas comparten el núcleo básico por detrás de las (re) lecturas operadas por ese sector mayoritario del movimiento. Núcleo caracterizado por la noción de que sujetos políticos “imperfectos” (stalinistas o “centristas”) pueden ser llevados a dirigir una revolución socialista, si son presionados por determinadas condiciones objetivas, debiendo los trotskistas apenas “guiarlos” y “empujarlos” para la izquierda, en lugar de intentar constituirse un liderazgo alternativo de masas. Y también de que las burocracias de los Estados obreros de la posguerra podrían “autorreformarse” rumbo a una genuina democracia proletaria[28].

Así, si no se puede hablar de “pablismo” para designar de forma precisa tal sector (una vez que las ideas más particulares de Pablo tuvieron vida corta), ciertamente se puede afirmar que él realizó una relectura de algunos de los puntos más esenciales de lo que era el trotskismo antes de la Segunda Guerra, originando una nueva estrategia. Esa estrategia fue formulada con base en la perspectiva de la posibilidad de que sujetos políticos “imperfectos” asciendan al poder vía movilizaciones de masas, formando “Gobiernos Obreros y Campesinos”, siendo “empujados” a crear Estados obreros. Ante lo que los trotskistas quedarían reducidos a un papel secundario, no deseando más el objetivo central de la Cuarta Internacional cuando refiere a su fundación – de ser la solución para la “crisis de dirección” del proletariado. Esa estrategia perduró hasta el giro reformista del SU, en los años 1980.

 

Los “anti-pablistas”: ausencia de análisis alternativos

 

Los auto titulados “trotskistas ortodoxos”, o “anti-pablistas” – los sectores que inicialmente compusieron el Comité Internacional, como el SWP de los EEUU, la Socialist Labour League inglesa (SLL, nombre que asumió el The Club al dejar el Labour Party), el PCI-La Verité francés y el Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo (SLATO) de Nahuel Moreno (pseudónimo de Hugo Bressano) – a pesar de su ruptura con los que los consideraban “revisionistas”, mantuvieron los mismos análisis desarrollados por ellos para explicar la transformación del Este Europeo y las Revoluciones Yugoslava y China. Esto es, PCs que dejaron de ser stalinistas por ir más allá de su programa nacional-reformista; existencia de regímenes transitorios entre capitalismo y dictadura del proletariado; posibilidad de revoluciones exitosas lideradas por sujetos políticos “imperfectos” y sujetos sociales no proletarios. Inclusive, compartieron momentáneamente el entusiasmo con Tito y el PC Yugoslavo (asunto acerca del cual los tres realizaron zigzags[29]).

Por lo tanto, no contestaron de forma decisiva a la perspectiva de una nueva estrategia de transformación social gradual y liderada por no marxistas (trotskistas), adoptando posturas contradictorias sobre el tema. Pues, por un lado, no presentaron análisis alternativos a aquellos del sector mayoritario, por otro lado denunciaron, a partir de momentos diferentes, lo que veían como un “liquidacionismo” de los “pablistas” en relación al stalinismo, combatiendo la propuesta del “entrismo sui generis” y recusándose al “apoyo crítico” de los gobiernos chinos y yugoslavo, defendiendo, al contrario, la necesidad de una revolución política para instaurar una democracia proletaria, por considerar a ambos como Estados obreros burocráticamente deformados. Fue esa la base de la formación del CI, en 1953 – sumada a la oposición a los métodos burocráticos de Pablo y de sus aliados (también se expresa a partir de momentos diferentes de cada uno).[30]

Mas algunos – como el SWP y SLATO – por no haber producido análisis alternativos para los casos del Este Europeo, Yugoslavia y China, llegaron a conclusiones semejantes a las de la mayoría del SI frente a procesos como el argelino – de “apoyo crítico” primero al MNA (“Movimiento Nacionalista Argelino”) y después a la FLN – y el cubano – de “apoyo crítico” al Movimiento 26 de Julio (M26J). Así, consideraron que tales fuerzas serían capaces de traer el socialismo a dichos países a partir de la construcción de “Gobiernos Obreros y Campesinos” que, posteriormente, se transformarían en Estados obreros. De ahí la reaproximación de esos sectores con el SI, que formó el SU en 1963.[31]

El SWP, bajo el liderazgo de Joseph Hansen en los años 1960, fue más allá, y se tornó cada vez más “castrista”, en el sentido de que su defensa de la Revolución Cubana y su apoyo político al régimen castrista se transformaron en su centro gravitacional, a punto que el partido paulatinamente haya abandonado a la defensa de una internacional trotskista y del propio trotskismo: a lo largo de la primera mitad de los años 1980, entonces bajo el liderazgo de Jack Barnes, el SWP pasó a defender la formación de una nueva internacional encabezada por las fuerzas castristas, a través del abandono de la teoría de la revolución permanente y su substitución por la perspectiva estratégica de construir “Gobiernos Obreros y Campesinos” en todo el mundo, como el primer paso necesario para la construcción de una dictadura del proletariado.[32]

Ya desde el SLATO, Nahuel Moreno realizó una síntesis que se presentaba como una revisión / actualización de la teoría de la revolución permanente y profesaba una estrategia de revolución en dos fases – una primera “inconsciente” (febrero) y una segunda “conscientemente socialista” (octubre). En la primera fase, marcada por el programa nacional-democrático y por la formación de gobiernos de coalición con la burguesía nativa, los trotskistas deberían apoyar los liderazgos “inconscientemente revolucionarios” del proceso e inclusive fundirse con ellos en la forma de un “Frente Único Revolucionario”, a fin de que fuesen más allá de su programa y rompiesen con la burguesía, permitiendo la transición para la segunda fase (socialista).[33]

Más tarde, a mediados de los años 1980, Moreno adjuntó a su revisión / actualización la noción de “revolución democrática triunfante”, según la cual la mudanza de régimen político dentro del Estado burgués constituye una “revolución de febrero” y, consecuentemente, puede ser la antesala de la revolución socialista. Siendo que tal proceso sería posible de tener como sujeto social a la burguesía liberal y como sujeto político a miembros del alto escalón del aparato militar burgués (como en el caso del General Bignone, en la transición argentina de 1983).[34]

A su vez, otros grupos del CI – como la SLL inglesa (liderada por Gerry Healy, Michael Banda y Cliff Slaughter) y el PCI-La Verité francés (liderado por Stéphane Just y Pierre Lambert) – a pesar de tampoco haber desarrollado análisis alternativos a aquellos heredados del período 1944-53, y de haber apoyado el MNA como siendo el “ala socialista” de la Revolución Argelina[35], ante el caso cubano se contrapusieron a lo que vieron como una “capitulación” del SWP / SLATO / SI al M26J. Ante la aproximación de sectores del CI con el SI, ellos pasaron a defender que la teoría de la revolución permanente significaba que una revolución sólo puede ocurrir bajo el liderazgo de un partido socialista revolucionario (trotskista).

Sin embargo, el hecho de que ellos no desarrollaron explicaciones alternativas para los análisis gradualistas de los procesos revolucionarios anteriores hizo con que tuvieran dificultades en explicar el caso cubano, habiendo negado que ocurrieron mudanzas sociales cualitativas y afirmado que el país permanecía siendo una formación social capitalista. En ese sentido, la SLL caracterizó el gobierno del M26J como una “dictadura bonapartista capitalista” y el PCI como un “gobierno burgués fantasma” – siendo que ese modificó su caracterización después de casi dos décadas, en 1979, para “Estado obrero deformado”, cuyo origen fue explicado por la noción gradualista contenida en el nuevo concepto de “Gobierno Obrero y Campesino”.[36]

Los análisis alternativos de algunos “anti-pablistas” olvidados

Existían otras posiciones entre los ni un poco homogéneos auto titulados “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas”. Algunos sectores minoritarios – frecuentemente ignorados por la Historia – presentaron no sólo posicionamientos diferentes, sino que también análisis alternativos para las revoluciones de la posguerra. Fue el caso del sector mayoritario del Revolutionary Communist Party inglés (RCP), el único sector de la Cuarta Internacional que, en los años 1940, se enfrentó primero con la caracterización del Este Europeo como siendo capitalista y después con las nuevas tesis y relecturas desarrolladas para explicar la transformación de este y de Yugoslavia según una lógica gradualista (y también se enfrentó con el apoyo a Tito). Luego de años de duros enfrentamientos con el liderazgo internacional, que demandaba un “entrismo profundo” del RCP en el Labour Party y que llegó a escisionar al grupo (desde ahí el origen del The Club), fue disuelto en 1949, tornándose parte del The Club, al interior del Labour Party, y tuvo su liderazgo original expurgado.

Fue también el caso de dos tendencias que surgieron en momentos diferentes al interior del SWP de los EEUU, la “Tendencia Vern-Ryan” (del sectorial de Los Ángeles) y la “Tendencia Revolucionaria” (de los sectoriales de New York y de la Bay Area de San Francisco), que contestaron las credenciales “ortodoxas” y “anti-pablistas” del liderazgo del partido (James Cannon, Joseph Hansen, Murry Weiss, Farrel Dobbs). La primera, entre 1950-54, criticó la tesis gradualista utilizada para explicar los procesos del Este Europeo, Yugoslavia y China y el apoyo político dado a los dirigentes de esos dos últimos países, además de haberse opuesto a la línea adoptada ante la Revolución Boliviana, considerándola como “colaboración de clases”. Y la segunda, entre 1961-63, criticó el apoyo político al régimen cubano del M26J, la reaproximación acrítica del SWP con el SI y la política de no disputar el movimiento por los derechos civiles de los negros y negras y, al contrario, apoyar sus liderazgos no socialistas revolucionarios.

No habiendo coexistido, lo que se puede afirmar, es que esos grupos gozaban de posicionamientos centrales en común, algunos de los cuales, inclusive, “heredados” de aquellos que los precedieron – posicionamientos que presentaban lecturas diferentes tanto de los trotskistas mayoritarios del SI / SU, como de los que supuestamente combatían el “revisionismo” de estos, desde una posición “ortodoxa” (SLL y PCI)[37].

El RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” criticaron la idea – inicialmente defendida por Mandel en 1948-50 y, después, por los “anti-pablistas” en los años 1950 – de que el stalinismo sería intrínsecamente contrarrevolucionario, afirmando que esta era un abordaje “unilateral” y que era de ella que venía la “capitulación” por parte de los “pablistas” (por considerar que un PC que dirige una revolución deja “automáticamente” de ser contrarrevolucionario) y criticaron la negación – por parte de los supuestos “trotskistas ortodoxos” / “anti-pablistas” – de las mudanzas sociales que tuvieron lugar las revoluciones dirigidas por los stalinistas (por considerar que era imposible una revolución sin marxistas / trotskistas como su sujeto político). De forma semejante, la “Tendencia Revolucionaria” criticó la afirmación de los supuestos “ortodoxos” que permanecieron en el CI después del año 1963 de que no habían ocurrido cambios sociales cualitativos en consecuencia de la Revolución Cubana.

En contraposición, rescataban los análisis de Trotski sobre el “carácter dual” de la burocracia soviética para explicar lo que había ocurrido en el Este Europeo. Ya para explicar las Revoluciones Yugoslava y China, la “Tendencia Vern-Ryan” extendió esa caracterización del stalinismo al plano internacional, considerándolo centrista, al paso que la “Tendencia Revolucionaria” simplemente apuntó la posibilidad excepcional de un partido no-socialista revolucionario con base de masas y dirección pequeño-burguesa para dirigir una revolución, conforme ya constaba en el Programa de Transición (1938).

Además, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” negaron, vía la teoría de la revolución permanente, la posibilidad de existencia de regímenes sociales intermediarios entre capitalismo y dictadura del proletariado, apuntando que lo que ocurrió en las revoluciones de la posguerra fueron expropiaciones políticas “inconscientes” (no socialistas, mas deseosas de una conciliación imposible con la burguesía y el imperialismo), las cuales luego precisaron adentrarse en el terreno de las expropiaciones económicas para evitar la contrarrevolución (o fueran derrotadas por su vacilación en hacerlo). Y, aunque la “Tendencia Revolucionaria” haya recorrido al concepto de “Estado/régimen transitorio” para analizar el caso cubano, similar a la relectura de “Gobierno Obrero y Campesino” del sector mayoritario, los tres grupos negaron la posibilidad de transformaciones sociales anticapitalistas graduales.

De esa manera, el RCP y la “Tendencia Vern-Ryan” analizaron la transformación del Este Europeo como fruto de una expansión burocráticomilitar de la URSS, que expropió políticamente a la burguesía ya en 1944, aunque a penas en 1948 la haya eliminado formalmente del gobierno. Según sus análisis, habría ocurrido una transformación cualitativa luego del fin de la guerra, no un proceso gradual de mudanza social. Y, los tres grupos, consideraron los procesos yugoslavos, chinos y cubanos como casos excepcionales, en los cuales la lógica objetiva forzara liderazgos no socialistas revolucionarios a ir más allá de sus programas, pues necesitaron expropiar política y económicamente las burguesías nativas y capitales imperialistas no apenas como única forma de realizar las demandas nacional-democráticas deseadas por las masas, pero esencialmente como forma de asegurar su existencia física en un contexto de guerra civil.

Sin embargo, encararon que los liderazgos de los procesos que efectivamente expropiaron la burguesía no deberían ser apoyadas por los trotskistas, pues ellas habrían originado Estados obreros burocráticamente deformados, con un liderazgo contrario a la expansión internacionalista de la revolución y, efectivamente, contrarrevolucionario en el plan internacional. En base a esto, defendían la perspectiva de formación de partidos marxistas (trotskistas) capaces de liderar una revolución política para la instauración de regímenes de genuina democracia proletaria. Y no veían tales procesos como un modelo o regla que demandase una nueva estrategia revolucionaria, habiendo apuntado a la existencia de otros numerosos casos donde el camino seguido fue lo contrario – esto es, de la conciliación con la burguesía y el imperialismo a cuesta de las demandas nacional-democráticas y, consecuentemente, del socialismo.

Además, la “Tendencia Vern-Ryan” señaló el caso de la Revolución Boliviana de 1952 como prueba de que los “anti-pablistas” compartían las mismas desviaciones metodológicas fundamentales de los “pablistas”, puesto que tuvieron la misma posición y tuvieron responsabilidad compartida por la línea del POR. De ahí que las convergencias prácticas que ellos han tenido acerca del “apoyo crítico” al gobierno de coalición formado por el MNR (e incluso de manera más abierta, al “ala izquierda” de ese partido), lo que hizo con que la lucha por el poder proletario eliminada del orden del día.[38]

A pesar de esas importantes diferencias con los autodenominados “trotskistas ortodoxos”, cabe resaltar que esos sectores no cuestionaron la noción de que los sujetos sociales de muchos procesos revolucionarios de la posguerra fueron “campesinos pobres”, habiendo fallado igualmente en detectar las importantes mudanzas por las cuales pasó la fuerza de trabajo rural como consecuencia de la profunda expansión de capitales imperialistas para la periferia capitalista en la posguerra. Y fallaron también en detectar la participación proletaria en eses procesos – participación esa reducida, pero presente en el momento crucial de las expropiaciones económicas.

Otros dos análisis: Ted Grant (RSL / IMT) y Tony Cliff (IST)

Por último, deben ser mencionadas otras dos (re) lecturas. La que desarrolló Ted Grant durante los años 1960-70, cuando estaba  de la Revolutionary Socialsit Legue inglesa (RSL, después de su expulsión del The Club, en la secuencia de la disolución del PCR), y mantenida durante los años 1990, cuando él fue expulso de la RSL y creó la International Marxist Tendency (IMT). Abandonando el análisis y las explicaciones que se desarrolló cuando en el liderazgo del PCR, Grant explicó las revoluciones de la posguerra a través del concepto de bonapartismo proletario, según el cual las “guerras campesinas” ocurridas en los países semi-coloniales, si fueran triunfantes, crearían regímenes bonapartistas basados ​​en los “ejércitos campesinos” utilizados contra el Estado colonial. Esos regímenes se enfrentarían, entonces, con dos alternativas: la lucha contra la burguesía nativa y el imperialismo para lograr las tareas nacionales-democráticas, originando “Estados obreros bonapartistas”, o la represión de sus bases en un pacto con esas fuerzas, originando “Estados burgueses bonapartistas”.[39]

Aunque Grant veía a esos “Estados obreros bonapartistas” como “aberraciones temporales” y defendía la necesidad de revoluciones políticas para implementar regímenes de democracia proletaria, la fragilidad de los criterios subyacentes a esta tesis (la idea de que es posible una transición hasta un “Estado obrero” por opción de una burocracia sin vínculos de clase) lo llevó a reconocer “Estados obreros bonapartistas” en varios casos diferentes de conflictos militares ocurridos en la periferia capitalista, como Siria, Camboya, Angola, Mozambique, Etiopía, Somalia, Myanmar, Afganistán… y la lista continúa.[40] En épocas más recientes, esta tesis llevó al IMT a un gran entusiasmo con el llamado “socialismo bolivariano”, teniendo su figura principal, Alan Wood, sirviendo como “consultor político” de Hugo Chávez durante muchos años.

Ya Tony Cliff (también ex miembro del RCP inglés, expulso de la Cuarta Internacional en 1950) – y la actual International Socialist Tendency (IST), que reivindica su herencia política –rechazó el concepto de “Estado obrero” para definir a la URSS, caracterizándola, en 1947, como una formación social de tipo capitalista de Estado, y argumentó que reconocer que “Estados obreros” se originaron en la posguerra por una vía que no era la de “la auto-emancipación del proletariado” llevaría necesariamente al “liquidacionismo pablista”.

Por lo tanto, a principios de los años 1960, Cliff desarrolló la tesis de la revolución permanente desviada para explicar las revoluciones de la posguerra – una reinterpretación / actualización de la teoría de la revolución permanente según la cual, en ausencia de un liderazgo socialista revolucionario y de una movilización del proletariado urbano, algunos procesos de “guerra campesina” liderados por una intelligentsia urbana pequeño-burguesa y “estatista” habrían originado Estados burgueses independientes del imperialismo y basados ​​en un sistema de capitalismo de Estado. En otras palabras, revoluciones burguesas-democráticas peculiares, las cuales habrían sido posibles a causa de la pérdida de importancia de las colonias por el imperialismo bajo un régimen de acumulación capitalista de tipo “guerra permanente” y la debilidad política coyuntural del proletariado en esos países.[41]

 

Conclusión

 

Ciertamente la historia del movimiento trotskista internacional no termina con la reunificación parcial de 1963 y la formación del SU – esa apenas encierra uno de sus capítulos y abre otro nuevo. Mas, a pesar de los debates y análisis tejidos por los diferentes grupos acerca de eventos posteriores (en especial los debates sobre la vía guerrillera), componer parte esencial de esa historia, el marco teórico-analítico y programático utilizado por ellos y aquí presentado, fue fundamental. Salvo excepciones puntuales, los debates que van de 1963 al final de los años 1970 no son propiamente teóricos, mas son concernientes centralmente a cómo aplicarlo debidamente, en el transcurrir de intensos conflictos de clases, aquellas ideas anteriormente formuladas entre 1944-63.

Los desarrollos posteriores de ese movimiento, que culminaron en su creciente división organizativa, también están menos ligados a debates nuevos que a viejos debates aplicados a nuevos casos, bastante similares a aquellos “originales”, que constituyeron las matrices interpretativas elaboradas por cada grupo / “tronco histórico”. Así, sin descartar la importancia del período que va desde la reunificación de 1963 a los nuevos eventos explosivos de los años 1980 – las contrarrevoluciones capitalistas dentro del “bloque soviético”, las cuales constituyen todavía un nuevo capítulo decisivo de la historia del trotskismo – se puede afirmar que lo esencial para comprender ese primer largo capítulo de la posguerra (1944 a fines de la década de 1970) se encuentra en los debates y disputas ocurridas a lo largo de los años 1940-1960.

Conforme se vio, las revoluciones de la posguerra ocasionaron entre los trotskistas de la época una serie de diferentes relecturas acerca del marco teórico-programático original del movimiento, las cuales no siempre fueron explícitas. Sin embargo, los dos polos principales que se formaron, los cuales acabaron por consolidarse en 1953 en la forma de una Cuarta Internacional desfalcada y de un débil Comité Internacional con supuestas funciones de fracción pública, estaban lejos de ser bloques homogéneos y defensores de análisis y posicionamientos diametralmente opuestos, como dan a entender las diferentes narrativas todavía predominantes hoy en día.

Bajo las diferentes y poderosas presiones de producir respuestas para eventos políticos inesperados, al mismo tiempo en que se encontraban altamente aislados ante las fuerzas que pudieron superarlos internacionalmente en términos de visibilidad e influencia, la mayor parte de los trotskistas acabó por distanciarse del sofisticado marco teórico-analítico heredado de la preguerra, en especial de las contribuciones personales de León Trotski. Bajo tales presiones, sumadas a las presiones particulares a que cada grupo trotskista estaba sometido en su país, ellos substituyeron la necesidad del “análisis concreto de la situación concreta” por la pronta aplicación de diferentes fórmulas casi mecánicas, enyesando así tal contenido.

Sin tomar en cuenta esos diferentes análisis y posicionamientos, fruto de presiones diversas, mas, sobretodo, de la necesidad de comprender fenómenos inesperados y en cierta medida genuinamente nuevos, es imposible entender cómo el trotskismo acabó por fragmentarse en “troncos históricos” muy distintos unos de otros. En gran parte, es de esos análisis y posicionamientos que vienen los orígenes de buena parte de ellos. Mas el rescate de los debates ocurridos en el seno del movimiento trotskista internacional y el mapeo del aspecto teórico-programático de su trágica crisis representan apenas un primer paso para comprenderla. Se debe, pues, tener en mente que es imposible llegar a una comprensión más profunda acerca de esa crisis sin una dimensión social de la historia de ese movimiento, siendo el presente trabajo apenas una contribución para la tarea de rescatar el internacionalismo proletario que la Cuarta Internacional intentó concretizar. Rescate que, tanto del punto de vista historiográfico, como político, continúa siendo realizado.

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Tim Wohlforth, “Cuba and the Deformed Workers States”, Marxist Bulletin n. 8. Cuba and the Marxist Theory. Selected Documents on the Cuban Question, New York, [s.d.], 1966 [1961].

[1] Peter Jenkins, Where Trotskyism got lost: The restoration of European democracy after the Second World War, Spokesman’ pamphlet, n. 59, Nottingham, Spokesman Books, 1977. Sam Borstein and Al Richardson, The War and the International: A History of the British Trotskyist Movement, 1937-1949, London: Socialist Platform, 1986, p. 215. Los principales críticos de esas predicciones fueron la fracción Morrow-Goldman del SWP de los EEUU y el liderazgo del Revolutionary Communist Party inglés, que argumentaron que la economía mundial se dirigía hacia un período de crecimiento y estabilidad y que la burguesía europea estaba preparando una reacción democrática. Pero esos dos sectores no estuvieron de acuerdo en lo que consideraban las conclusiones prácticas de esas predicciones (la primera defendió el abandono del “programa de transición” y la segunda no lo hizo).

[2] Ver Leon Trotsky, O programa de transição para a revolução socialista [1938], São Paulo, Sundermann, 2008.

[3] Los dos grupos mantuvieron el nombre de “PCI” durante algunos años después de la escisión, diferenciándose a través de los nombres de sus respectivos periódicos: la mayoría mantuvo La Verité, mientras que la minoría lanzó La Verité des travailleurs.

[4] Robert J. Alexander, International Trotskyism, 1929-1985: a documented analysis of the movement, Durham, Duke University, 1991, p. 325.

[5] Daniel Bensaïd, Os trotskismos, Lisboa, Combate, 2008 [2002]. Pierre Frank, Fourth International – The Long March of the Trotskyists, London, Ink Links, 1979 [1969].

[6] David North, The Heritage We Defend: A Contribution to the History of the Fourth International, London, Paperback, 1988. Jean-Jacques Marie, O Trotskismo, São Paulo, Perspectiva, 1990 [1977]. Mercedes Petit, Apuntes para la historia del trotskismo (de 1938 a 1964), [S.n], [Buenos Aires], 1980 [1963]. Alicia Sagra, História das Internacionais Socialistas, São Paulo, Sundermann, 2005.

[7] Tony Cliff, Trotskyism After Trotsky. The Origins of the International Socialists, London, Chicago, Sydney, Bookmarks, 1999. Alex Callinicos, Trotskyism, London, Open University Press, 1990.

[8] Pablo inclusive se puso en contra de sus apoyadores más próximos cuando estos propusieron en el 4º Congreso Mundial la completa disolución de la Cuarta Internacional y la entrada definitiva de los trotskistas en los PCs. Esos partidarios fueron la fracción Cochran-Clarke-Bartel, expulsada del SWP de EEUU a fines de 1953, un puñado de militantes canadienses y británicos (también expulsados de sus respectivos grupos y dirigidos respectivamente por Murray Downson y John Lawrence), así como un sector minoritario del PCI-La Verité des travailleurs (el que permaneció con el SI después de la escisión de 1952), dirigido por Michelle Mestre. Después de ser derrotados en ese congreso, dejaron la Internacional y realizaron la disolución en los PCs. Fred Feldman, “Section I: The Parity Commission and Peng Shu Tse’s ‘Pabloism Reviewed’”, Tim Wohlforth and Fred Feldman (eds.), Toward a History of the Fourth International, Part 7, Volume 1, Education for Socialists Series, New York: Pathfinder Press, 1977, p. 4.

[9] Las dos principales obras en que Trotski desarrolló tal teoría fueron Balance y Perspectivas (1906) y La Revolución Permanente (1929). León Trotsky, A teoria da revolução permanente [compilação], São Paulo, Sundermann, 2011.

[10] Trotsky, O programa de transição, p. 52 y p. 13, respectivamente.

[11] Leon Trotsky, Em defesa do marxismo [compilação], São Paulo, Sundermann, 2011, p. 40 y p. 41, respectivamente.

[12] Para un debate sobre tal fuerza de trabajo rural y su papel en las revoluciones del siglo XX ver las contribuciones de Hanza Alavi, “Peasants and revolution”, R. Milibandand y J. Saville (eds.), The Socialist Register, London, The Merlin, 1965, p 37–64. James Petras, “Socialist Revolutions and their Class Components”, New Left Review, n. 111, 1978, p. 37-63. James Petras, “Toward a theory of twentieth century socialist revolutions”, Journal of Contemporary Asia, n. 3, 1978, 167-195. Eric Wolf, Peasant Wars of the Twentieth Century, New York, Evanston, London, Harper & Row Publishers, 1969. Aunque no son convergentes en todas sus conclusiones, estos análisis son relevantes por el nivel de detalle con que se ocupan de la caracterización de esa fuerza de trabajo y para el mapeo de cada una de sus movilizaciones y demandas de sus sectores.

[13] Esta síntesis es el resultado de una lectura crítica de varios estudios, entre los que se encuentran los mencionados en la nota anterior y también Archie Brown, The rise and fall of Communism, New York, Harper Collins, 2009. Osvaldo Coggiola, A Revolução Chinesa, São Paulo, Moderna, 1986. S. Sándor John, Bolivia’s Radical Tradition: Permanent Revolution in the Andes, Tucson, The University of Arizona Press, 2009. John Lister, Cuba. Radical Face of Stalinism, London, Left View Books, 1985. Mustafa Yazbek, A Revolução Argelina, São Paulo, Unesp, 2010.

[14] Para un análisis más detallado, caso a caso, de cómo esas (re) lecturas fueron desarrolladas a lo largo del tiempo, ver Marcio Antonio Lauria de Moraes Monteiro, O movimento trotskista internacional e as revoluções do pós-guerra: uma análise de suas (re) leituras teóricas e programáticas (1944-1963), Dissertação (Mestrado), Universidade Federal Fluminense – Instituto de Ciências Humanas e Filosofia, Programa de Pós-Graduação em História, 2016, Capítulos 3 a 6 y Apêndice.

[15] Pablo, la principal figura dentro del Comité Ejecutivo Internacional creado en la posguerra y verdadero señor de su brazo ejecutivo, el Secretariado Internacional, paulatinamente perdió influencia a lo largo de la segunda mitad de los años 1950, especialmente cuando adhirió la tesis tercer mundistas, ante la eclosión de la Guerra de Independencia de Argelia. Frank, op. cit. Alexander, op. cit.

[16] Respectivamente: “The USSR and Stalinism”, Fourth International [New York/SWP], vol. IX, n. 4, June 1948, p. 121-123. “The new imperialist peace and the building of the parties of the Fourth International”, Fourth International [New York/SWP], vol. VII, n. 67, June 1946, p. 172.

[17] Ese entusiasmo se expresó en cartas de saludo enviadas por el IS a la conferencia del PC de Yugoslavia, en las brigadas sindicales y juveniles enviadas al país por la sección francesa (la sección estadounidense sólo no hizo lo mismo porque el gobierno la prohibió en último momento) y también en la publicación de un periódico junto con la embajada de Yugoslavia en París. Esto cambió en 1950, después de que Yugoslavia apoyó la intervención estadounidense en Corea. Jan Norden, Yugoslavia, East Europe and the Fourth International. The Evolution of Pabloite Liquidationism, New York, Prometheus Research Library, 1993, 5-33.

[18] Idem.

[19] “Resolution on the Crisis of Stalinism and the Developments of the Yugoslave [sic] Revolution”, International Information Bulletin [New York/SWP], September 1950. “Class Nature of Eastern Europe”, Fourth International [New York/SWP], vol. 12, n. 6, November-December 1951.

[20] “The Yugoslav Revolution”, Fourth International [New York/SWP], vol. 12, n. 6, November-December 1951.  “The Third Chinese Revolution. A Resolution of the Fourth International”, Fourth International [New York/SWP], vol. 13, n 4, July-August 1952.

[21] Igual que la nota anterior.

[22] Trotsky, O programa de transição, p. 51. M. Pablo [Michalis Raptis], “On the Slogan of ‘Workers and Farmer’s Government’”, Fourth International [New York/SWP] vol. 8, n. 2, February 1947.

[23] José Villa, A Revolution Betrayed. The POR and the Fourth International in the Bolivian Revolution [1992]. Marxist Internet Archive, http://tinyurl.com/zkhg4wq. John, op. cit.

[24] Patrick O”Daniel [Sherry Mangan], “The Truth about the Algerian Revolution: an Open Letter to The Militant”, Fourth International [SI], n. 2, Spring 1958. “Résolution du Sécretariat International sur la situation en Algérie”, Quatrième Internationale [SI], vol. 20, n. 19, décembre 1962.

[25] Igual que la nota 20.

[26] “La révolution cubaine”, Quatrième Internationale [Paris/SI], vol. 18, n. 10, juliet 1960.

[27] M. Pablo [Michalis Raptis], “Where are we going?”, International Information Bulletin [New York/SWP], May 1951. M. Pablo [Michalis Raptis], “On the duration and the nature of the period of transition from capitalism to socialism”, International Information Bulletin [New York/SWP], July 1951. M. Pablo [Michalis Raptis], “The building of the revolutionary party”, International Information Bulletin [New York/SWP], June 1952.

[28] Aunque limitaciones de tiempo no permitieron un análisis detallado de la reacción del movimiento trotskista a las revueltas pro-democráticas y anti-estalinistas que tuvieron lugar en algunos de los países del “bloque soviético” durante los años 1950-60, debe destacarse que esta noción de una “auto-reforma” del estalinismo llevó al sector mayoritario del liderazgo internacional a ver la revuelta de Berlín Oriental en 1953 como algo que aceleraría dicho proceso, descartando la necesidad de convertirse en una “revolución política” y sacar al estalinismo del poder. “Against Pabloite Revisionism’, Fourth International [New York/SWP], vol. 14, n. 5, September-October 1953.

[29] Norden, op. cit.

[30] Favre [Marcel Bleibtreau], “Where is Comrade Pablo going?”, in Tim Wohlforth & Fred Feldman (ed.). Toward a History of the Fourth International. Part 3, Volume 1. Education for Socialists Series, New York, Pathfinder Press, 1974 [1952]. “The Third Chinese Revolution and its Aftermath”, The Chinese Revolution and its Development, Education for Socialists series, New York: [s.n.], 1969 [1955]. James P. Cannon, “A Letter to Trotskyists Throughout the World”, The Militant [New York/SWP], 16 November 1953. Para un análisis detallado del proceso de lucha de esos sectores contra Pablo y sus aliados a lo largo de 1950-53, ver Monteiro, op. cit., Capítulo 4.

[31] Respectivamente: Philip Magri [Shane Mage], “Revolutionary Socialism and the Split in the Algerian Nationalist Movement. Reply to O”Daniel”, Discussion Bulletin [New York/SWP], vol. 19, n. 2, April 1958. “Draft Theses on the Cuban Revolution”, Discussion Bulletin [New York/SWP], vol. 22, n. 1, February 1961. Nahuel Moreno [Hugo Bressano], La revolución Latinoamericana, Buenos Aires, Ediciones Palabra Obrera, 1962. “The Dynamics of World Revolution Today”, Fourth International [IS], n. 17, October-December 1963.

[32] Jack Barnes, Their Trotsky and ours, New York, Pathfinder, 2002 [1983].

[33] Nahuel Moreno [Hugo Bressano], “Tesis Sobre el Frente Único  Revolucionario”, en Escritos sobre la revolución politica ([1958]), http://tinyurl.com/zpck4tp.

[34] Nahuel Moreno [Hugo Bressano], “Argentina, una revoluciónn democrática triunfante”, en Escuela de cuadros, Argentina, 1984, Buenos Aires, Crux, 1992 [1983]. Nahuel Moreno [Hugo Bressano], “Teoría de la revolución”, in Escuela de cuadros, Argentina, 1984, Buenos Aires, Cruz, 1992 ([1984]).

[35] Michael Banda, “Marxism and the Algerian Revolution”, Labour Review [London/“The Club”], vol. 3, n. 2, March-April 1958.

[36] Respectivamente: “Position of the French section of the International Committee on the Cuban question”, International Information Bulletin [New York/SWP], April 1963 [1961]. “Opportunism and Empiricism”, Cliff Slaughter (ed.), Trotskyism versus Revisionism. A Documentary History, Volume 4, The International Committee against liquidationism, London, New Park Publications, 1974 [1963]. Lister, op. cit., p. 117.

[37] Son muchos los documentos a ser enlazados aquí, más los centrales son “Amendments aux thèses sur La Russie et l”Europe Orientale soumis par le R.C.P. de Grande-Bretagne”, Bulletin Interieur du Secretariat Internationale [Paris/IS], n. special, novembre 1948. “Letter on Yugoslavia. Sent to the IEC by the RCP (Britain)”, in Prometheus Research Series n. 4, New York, 1993 [1948]. Dennis Vern, “The Biography of Liquidation”, Debate Bulletin [New York/SWP], vol. 15, n. 5, March 1953. Tim Wohlforth, “Cuba and the Deformed Workers States”, Marxist Bulletin n. 8. Cuba and the Marxist Theory. Selected Documents on the Cuban Question, New York, [s.d.], 1966 [1961]. “In Defense of a Revolutionary Perspective. A Statement of Basic Position”, Discussion Bulletin [New York/SWP], vol. 23, n. 4, July 1962.

[38] S. [Sam] Ryan, “The Bolivian Revolution and the Fight Against Revisionism”, Debate Bulletin [New York/SWP], A-22, October 1954.

[39] Ted Grant, “The Colonial Revolution and the Sino-Soviet Dispute”, in The Unbroken Thread. The Development of Trotskyism over 40 Years, London, Fortress Books, 1989 [1964].

[40] Ted Grant, “The Colonial Revolution and the Workers’ States’, in The Unbroken Thread [1978].

[41] Tony Cliff, “Permanent Revolution”, International Socialism (1st series), n. 12, Spring 1963. Cliff, Trotskyism After Trotsky. Callinicos, op. cit.

 

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